El mono y el anacoreta
Por: Santiago Girón

El señor de aquellas tierras contemplaba cada amanecer la misma escena desde la ventana de su suntuosa alcoba. Un viejo anacoreta, que vivía al aire libre frente a su palacio, compartía su frugal desayuno con un mono.
- No puedo soportar la diaria visión de la pobreza. En mis tierras nadie pasará hambre. Quiero que desde mañana ese anciano comparta mi desayuno todos los días.
Así, a la madrugada siguiente, el viejo cenobita fué llevado a presencia del rico aristócrata que lo recibió frente a una gran mesa repleta de los más suculentos manjares.
- Come cuanto quieras, buen ermitaño.- dijo el señor pasando la palma de su enjoyada mano sobre los esplendorosos platos del banquete.
El viejo comió de la mano del señor cuanto quiso y, ya saciado, preguntó a su benefactor.
- Señor, no quisiera abusar de vuestra providencia pero... ¿podría llevarme algunos plátanos? Son para mi mono.
- Oh, ya no tendrás que preocuparte por alimentar a ese animal, buen amigo- respondió el noble linajudo acariciando los blancos cabellos del eremita-Te has comido sus sesos de segundo plato.
Biografía Omnisciente
Por: Santiago Girón
Aníbal Martínez Rulfo (1918-1996) nació, reencarnación de un ratón de campo vienés, entre una desconocida pesadumbre que su padre no supo atribuir a la inefable sospecha de que no era hijo suyo y el amor sin paliativos de su madre. Él mismo sintió ambas emociones al unísono en el alumbramiento de su único descendiente.
Se enamoró por primera vez una noche de verano de 1929 al contemplar a una muchacha rubia bajo un arco cuajado de olorosos jazmines, pero, como en muchas otras circunstancias de su vida, no fue consciente de ello hasta que la recordó felizmente y con absoluta nitidez poco antes de morir.
El susurro de una voz conocida llegó a su oído en la playa una lluviosa mañana del mes de marzo de 1936 mientras tomaba posesión de su carácter de adulto con un cigarrillo encendido entre los labios. Se repitió en una trinchera en mitad de la batalla apenas un año después y nunca más volvió a escucharlo. No se sorprendan si les digo que era el espíritu de su madre muerta quien le hablaba. Anibal, a pesar de ello, nunca creyó en fantasmas ni en la otra vida, ceñido siempre y demasiado a un estúpido pragmatismo pseudocientífico que sólo le acarreó ansiedad y desconcierto.
El sabor del helado de chocolate que se comió tras ser operado de anginas, sin embargo, se quedó pegado a su paladar de por vida. De hecho lo buscó luego en cada cosa dulce que se metió en la boca poseido de un inquebrantable anhelo cada vez que un nuevo dulce con aromas a cacao se deslizaba entre sus dientes y sobre su lengua. No es de extrañar que uno de los días más tristes de su experiencia humana fuese aquel en que le diagnosticaron diabetes. Por primera vez deseó volver a ser un niño para llorar de verdad.
Aníbal se convenció de que nada es perdurable al poco de cumplir cinco años, mientras contemplaba un caballo de cartón deshacerse en un charco. Por eso no le prestó atención a las fotos de su álbum de bodas, aunque su mujer se entristecia y en ocasiones hasta lloraba a solas avivando la sospecha de un matrimonio más consagrado a las conveniencias que al amor.
Aníbal tuvo una camisa favorita, de cuadros rojos entre listas azules, miedo a la soledad, un momento de victoria tras una partida de ajedrez, la sensación de ser más inteligente de lo que los demás creían, deseos de adiestrar a una mascota, un apego especial a oír las noticias por la radio y muchas tardes dedicadas a pensar en su infancia perdida, en amores inolvidables y en escenas de sexo impracticables.
Su hijo le regaló un “oscar” de plástico dorado con la inscripción “al mejor padre” en la base que Anibal arrojó a la basura, junto a otros muchos objetos sin valor o inservibles, cuando se trasladó a la residencia de ancianos donde transcurrirían, más rápida que plácidamente, los últimos cinco años de su fugaz existencia.
En el justo instante de su muerte una roca se desprendió de una cornisa en cierto rincón de la cordillera de los Apeninos provocando un alud que no fue contemplado por criatrura viva alguna.
El alma de Anibal vagó durante algún tiempo por un limbo ambiguo entre aquella y esta vida haciéndose mil preguntas llenas de estupefacción para luego desvanecerse en una bruma de blanco inmaculado que lo transportó por fin al universo de los seres inmateriales, donde aún espera habitar el cuerpo de un magnolio que será plantado en la plaza de una aldea portuguesa.
Jonás y Frida
Por: Santiago Girón

Mi nombre es Jonás y hoy, 28 de Diciembre de 2025, día de los Santos Inocentes, he decidido gastarle una broma pesada al mundo. Por eso he comenzado a escribir este diario, para comunicar los resultados de mis acciones a las futuras generaciones y dejar constancia de las motivaciones personales y científicas que las provocaron.
La primera pregunta que cabe realizarse es ¿por qué lo he hecho?. Bueno, creo que porque yo mismo soy una negra broma de la naturaleza. Tengo la edad mental de un hombre de 45 años, pero mi aspecto es el de un niño de 13 ó 14; un niño especial, sin duda. Tal vez una breve semblanza autobiográfica aclare un poco las cosas.
Nací en Dusttown, un pequeño pueblecito al norte de California. No había nada de particular en él salvo que a pocos kilómetros fue instalado un centro de investigación científica de carácter innovador y experimental. Según he oído contar, durante el embarazo de mi madre biológica se difundieron ciertos rumores acerca de un mal funcionamiento en aquellas instalaciones. Nunca fueron confirmados pero lo cierto es que un mes antes de mi alumbramiento el centro se clausuró y sus tanques y reactores fueron sellados y sepultados bajo trescientas mil toneladas de plomo.
El día de mi nacimiento la previsible felicidad de mis progenitores se tornó en tristeza y horror. Como el gobierno quiso experimentar con la divina esencia del átomo, el dios de la Biogenética lo castigó enviándome a mi, supongo. Nací totalmente desproporcionado; el cráneo enorme albergaba un cerebro superdesarrollado y en cambio, por simple compensación acaso, el resto del cuerpo era diminuto, de miembros atrofiados y órganos cruelmente débiles.
No con poca dificultad los médicos lograron salvarme, circunstancia esta que aún no se que efecto anímico produjo en mis papás. El caso es que comencé a desarrollarme de forma poco común, como era de suponer. Cuando cumplí mi primer mes de vida hablaba con absoluta perfección. Como mis padres estaban más asustados que contentos, el gobierno decidió liberarlos de la carga que suponían mi cuidado y educación e hizo con ellos un trato por el cual fui “adoptado” por una nueva familia más acorde con mis peculiares características: El Instituto de Ingeniería Mecánico-Molecular de Alaska. Pocos conocían y aún conocen su existencia; el gobierno sabe guardar bien sus secretos y hasta sacar provecho de sus trapos sucios: “Se aprende más de los errores que de los aciertos” escuché decir alguna vez al científico encargado de mis primeros exámenes.
Pero no todo fueron, dolor, traumas y probetas en mi infancia. Al poco de instalarme en mi nuevo hogar conocí a Frida. No solo tenía mi misma edad, y había nacido en mi mismo pueblo, sino que además éramos muy parecidos en otros singulares aspectos. Solíamos coincidir en las sesiones de exámenes médicos y en el centro de electroestimulación, separados siempre por una gruesa pared de cristal blindado que solo nos permitía vernos. Así, entre bisturís, hilos de sutura, electrodos y descargas de 250 voltios, fuimos conociéndonos y cultivando un profundo sentimiento que nos ayudaba a soportar el dolor y a reprimir las lágrimas, con un hálito de esperanza como único analgésico.
Aunque nunca nos ha sido consentido hablar o tener contacto físico, nuestras miradas nos comunicaban con mayor exactitud que cualquier lenguaje oral, y de forma que solo nosotros podíamos entender. Esto supuso una gran ventaja pues nos ofrecía la posibilidad de coordinar nuestros esfuerzos en aras a la consecución de un objetivo común y secreto.
El Estado deseaba aprovechar nuestras cualidades y pronto fuimos asignado a ciertos programas de creación científica en los que invertimos, para orgullo de nuestro país, todas nuestras energías intelectuales. Aunque el acceso al exterior o a otras dependencias del centro nos estaba totalmente restringido, en cambio, cada uno en sus laboratorios se movía con absoluta libertad y yo pronto llegué a considerarlos mi hogar. Solo me faltaba Frida para tener mi propia y verdadera familia.
Así, entre furtivas miradas que atravesaban los espesos cristales con los que pretendían incomunicarnos, nos entregábamos los datos que a cada uno podían serle útiles de las investigaciones que el otro realizaba y, poco a poco, fuimos tejiendo el plan que hoy se culmina.
Bueno, no creo que sea necesario hablar más de mi pasado. Será conveniente acercarse al ilusionado presente que tenemos entre manos. Solo me queda decir por hoy que en los últimos años, en total intimidad y con absoluto desconocimiento de los responsables de esta institución, Frida y yo hemos cultivado un virus singular, diseñado de forma totalmente artificial, cuyo poder de reproducción y propagación está por encima de los actuales avances científicos en lo que al control de plagas se refiere. Su efecto es devastador: ataca a una enzima cerebral que casi todos los humanos poseen... ¿He dicho “casi todos”?. No. Ataca a una enzima cerebral que “todos” los humanos poseen. Porque, si hemos de ser sinceros y consecuentes, Frida y yo no podemos considerarnos estrictamente “humanos”. ¿No creen?